lunes, 16 de marzo de 2015

Jesuitas en su laberinto y un señor de Barcelona



Los que somos de Barcelona sabemos mucho de turismo. De lo que significa vivir en una ciudad volcada en el turismo como es Barcelona, de ser tratado como un turista en tu propia ciudad, de pagar precios de turista en tu propia ciudad, de que tu escalera se llene de apartamentos turísticos que no te dejen dormir de lunes a domingo y que al ayuntamiento le importe un rábano...

Al final o te hartas y te vas a vivir lejos de Barcelona, como hicimos mi pareja y yo hace más de tres años (la mejor decisión que hemos tomado en nuestra vida), o lo aceptas y convives con ello.

Si convives con el turismo lo peor de todo es que te conviertes tú mismo en un elemento turístico más, en un objeto del paisaje turístico, algo que a su vez refuerza más aún si cabe el carácter turístico del entorno, en una espiral sin límite. Al final todo es turístico. Un ejemplo de esto lo tenemos en la siguiente carta publicada en el diario La Vanguardia (11/12/2014), el principal periódico de Barcelona:



Un ciudadano de Barcelona protesta enérgicamente porque considera que al estar mal señalizado, los turistas se pierden buscando... el laberinto de Barcelona.

Leyendo su carta no podemos dejar de compartir la consternación de este ciudadano que ha visto a tantos turistas perdidos por las laberínticas calles del barrio de Horta intentando encontrar el Laberinto, malgastando su precioso tiempo turístico, sin llegar nunca a su destino que es también un laberinto, sin poder experimentar la sensación de entrar en el segundo laberinto, el de pasillos de tupido seto de ciprés, para poner a prueba su capacidad de orientación y paciencia, para encontrar la salida de este segundo laberinto, pero (oh!) su salida es la entrada al primer laberinto, el de calles colindantes, por lo que estamos ante el fenómeno de la laberinticidad absoluta: Un laberinto cuya salida es la entrada de otro laberinto que a su vez tiene como salida la entrada al laberinto inicial. Una especie de cinta de Moebius de la que es imposible escapar


Desde aquí hago un solemne llamamiento al Ayuntamiento de Barcelona para que declare de interés general semejante fenómeno metafísico, y lejos de poner indicaciones, lo convierta en una atracción turística más.

Los laberintos son la única construcción urbanística que está pensada y diseñada con el fin de provocar la ansiedad de sentirse perdido, pero también son, por ésta misma razón, oportunidades de experimentar satisfacción personal, son desafíos, retos que ponen a prueba nuestra inteligencia, nuestra paciencia, y nuestra capacidad de esfuerzo personal.  En este sentido los laberintos son como las matemáticas.

Los didácticos, pedagogos y demás expertos en educación son como el señor de la carta: se dedican a poner y exigir más y más señales orientativas en el aprendizaje, convertir la cultura en algo esencialmente “turístico”, es decir, algo de recorrido fácil, cómodo, sin la necesidad del menor esfuerzo por parte del estudiante. Cualquier señal de turbación en el alumno es considerada automáticamente como una falta profesional de su profesor. Pero el resultado de todo es un laberinto más, el de la didáctica, que a su vez necesita de su propia explicación, de su propia didáctica: 

el fraude tautológico del “aprender a aprender”, 
que necesita un “aprender a “aprender a aprender””, 
que necesita un “aprender a “aprender a “aprender a aprender””” 
en un bucle infinito, del que sólo puedes salir diciendo “Vale, ¿pero aprender qué?”.

Nos estamos convirtiendo cada día más en turistas culturales. Nos movemos culturalmente (es decir aprendemos y enseñamos) en la más absoluta banalidad y superficialidad, por los estímulos visuales más inmediatos.

Un caso digno de estudio en este sentido es el  proyecto “Horitzó 2020” de las escuelas jesuitas catalanas. Una campaña mediática sencillamente impresionante, que seguro conseguirá un significativo aumento de la matriculación.

Por poner un ejemplo, el diario ABC ofrecía la siguiente noticia:


[...]Proponen un cambio radical en la forma de enseñar: sin exámenes, ni deberes para casa[...]

[...]En las aulas hay sofás para leer; los estudiantes deciden cuándo salir al patio; no existen los exámenes tradicionales, ni deberes para casa[...]

[...]No hay asignaturas compartimentadas. Tampoco hay notas. Luego con unos algoritmos realizamos una calificación al final de curso que entregamos en un boletín como exige la ley[...]

¿Sofás en las aulas? ¿A qué nos suena esto? Efectivamente, a Google y los “bean bags” de su sede GooglePlex.

Porque para campaña de imagen impresionante de verdad, la de la multinacional Google al hacernos creer a todos que ellos, la mayor multinacional del mundo, con un poder  económico y social jamás imaginado anteriormente... son un grupo de jóvenes alegres, desenfadados i dicharacheros que  se pasan el dia en la sede “GooglePlex” imaginando cosas y comiendo golosinas.

Sí amigos, los trabajadores de Google, modelo mundial de éxito empresarial, tienen a su disposición enormes “bean bags” de alegres colores corporativos donde charlar y compartir ideas, sin horarios rígidos:


 En Google hay piscinas de bolas de colores en las que trabajar con el ordenador:


En Google trabajan los profesionales más valorados y mejor pagados del mundo, y van al trabajo en bicicletas de colores:

Por dentro de las instalaciones van en patinete:



Y si se sienten cansados echan un sueñecito en mullidos cojines:


Y todo esto nos lo hemos creído. Y como nos lo hemos creído las escuelas se tienen que parecer a Google, porque queremos que nuestros hijos algún día trabajen en Google, o en algo parecido a Google, en todo caso sean tan felices como los trabajadores de Google, o al menos ganen tanto dinero como ellos.

Los Jesuitas de Catalunya se han puesto las pilas en este sentido. Veamos algunas de las fotografías que aparecen en su publicidad:

Aquí divertidos sofás donde los niños estén en posiciones inverosímiles( qué lejos queda aquello de "niño bájate del sofá" de nuestras madres), y si se aburren pues escriben en las paredes


Allí niños que deciden si recibir la lección en los pupitres o leer plácidamente:


 

Escuelas en las que los chavales suban y bajen escaleras en un entorno colorido y agradable:


Todo es muy mullido y blandito, sin apenas paredes, nada laberíntico


En el artículo de ABC se hace una única referencia a los contenidos de aprendizaje en este nuevo entorno educativo:

[...]Claro que cuando es necesario también hay clases magistrales. Pueden ser de 20 minutos, y a través de internet, para explicar una raíz cuadrada o el Teorema de Pitágoras[...]

¿Contenidos? En 20 minutos y por internet, no se necesita más en esta educación en calcetines.

La Vanguardia del martes 12 de julio del 1983 publicó una página con este bonito texto dedicado precisamente al Laberinto de Horta:


¿Perderse en un laberinto? ¿Extraviarse en el intrincado bosque de los caminos que no conducen a ninguna parte? ¿O, como narró Borges, morir de hambre en el horizonte sin fin del desierto? Juego de niños, figura clásica de la mitología de los mayores, los laberintos siguen encantando y confundiendo a una sociedad cuya estructura cada vez se les parece más. Muchos, de pequeños, jugamos a perdernos en el laberinto del Tibidabo, buscando aquella salida que parecía ser promesa de mil conquistas: ya no existe. Sólo queda un laberinto en la ciudad: el magnífico laberinto de cipreses —al que corresponden estas imágenes— de los Jardines del Laberinto de Horta, en el paseo del Valle de Hebrón. Unos jardines creados a finales del siglo XVIII —a partir de 1793— por Joan Antoni Desvalls, destacado matemático y científico, con la colaboración del maestro de obras Andreu Valls, según planos del ingeniero italiano Domenico Bagatti. Es el último reducto para el extravío del cuento, por lo demás perdernos cada día en el laberinto de la gran ciudad.

Cada día hay menos laberintos. Y cada día hay más Google.










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