domingo, 15 de mayo de 2016

Aulas de acogida para ricos (Escola Nova 21 revealed)

La escuela pública de Barcelona siempre ha sido un espacio de acogida. En los años ochenta acogió a los charnegos y quillos, nosotros los hijos de los inmigrantes españoles que llegaron a Catalunya en los años sesenta, una escuela pública que tuvo que luchar duro para conseguir que aquellos charnegos del extrarradio de Barcelona, con nuestro limitadísimo sistema vocálico castellano, pudiéramos llegar a abarcar, con mayor o menor éxito, las nueve vocales catalanas.

En los años noventa fue la escuela pública de Barcelona la que acogió con ilusión y valentía la llegada de los jóvenes magrebíes.Y después llegaron los niños y niñas chinos, y los pakistaníes, y los filipinos... todos encontraron en la escuela pública de Barcelona un espacio de acogida, mientras que la escuela privada/concertada quedaba al margen de todo esto. Al contrario, siempre estuvo caracterizada por una cierta impermeabilidad, por los bajísimos porcentajes de niños y niñas inmigrantes en sus aulas.

En estos momentos la escuela pública de Barcelona se encuentra ante un nuevo reto de acogida. No, amigos, no estoy hablando de los refugiados sirios, no, estoy hablando ¡qué ironía! de acoger a los hijos de las familias de clase media que, debido a la crisis, se encuentran temporalmente imposibilitadas de llevar a sus hijos a las escuelas concertadas y privadas propias de su clase social. Es duro para estas familias aceptar que se encuentran sin los recursos económicos para permitirse las escuelas concertadas/privadas a las que iban hasta ahora. Es duro para estas familias aceptar que durante unos años tendrán que llevar a sus hijos a la... ¡Argg! escuela pública.


Por lo que podemos leer estos días en la prensa, el principal problema de adaptación de estos refugiados es la dificultad que tienen estos niños y niñas para estar sentados en una silla. La necesidad que tienen estos niños y niñas de estar tirados en calcetines toda la mañana en el suelo o, en el mejor de los casos,  revolcándose sin zapatos en mullidos cojines.


Por lo que parece estos niños y niñas refugiados tampoco aguantan por mucho tiempo una clase magistral, y necesitan estar continuamente jugando entre ellos. Todo tiene que ser muy lúdico.

Por lo que parece, los niños y niñas de estas familias tampoco se adaptan bien a las pruebas evaluadoras generales que deben realizar el resto de mortales, y los responsables acogedores ya han expresado la necesidad de evitar a estos refugiados el trauma de las pruebas de evaluación externas. Hay que ser tolerante con los recien llegados.

Es natural y comprensible la preocupación, qué digo, la angustia de todos estos padres ante el temor de los años que pasen en la escuela pública hasta recuperar nuevamente su poder adquisitivo y volver a la privada de dónde nunca debieron salir, repercutan en los hábitos y valores educativos de los niños. Afortunadamente, la Administración educativa, siempre tan atenta a responder a estas demandas, ha habilitado un conjunto de escuelas preparadas específicamente para las necesidades específicas de estas familias. Es el lobi “Nova Escola 21”: Escuelas públicas con muchos cojines, suelos enmoquetados, y todo en color blanco, todo muy blanco, adaptadas a la educación de estos niños refugiados.

El revelador artículo de opinión “La clase media y la escuela pública” de Xavier Bonal en el Periódico de Catalunya del 11/5/2015 muestra el magnífico trabajo que está realizando la Administración pública para acoger en el sistema educativo público a todos estos refugiados de clase:


Lástima que el sistema educativo público fue una conquista de las clases populares trabajadoras para alcanzar el nivel cultural propio de las clases altas, y no un badulaque educativo para satisfacer las demandas espurias y caprichosas de clases potentadas en horas bajas, una escuela privada gratis (gratis quiere decir que se la pagamos entre todos).

Mi abuela fue una analfabeta. Mi madre se quemaba las cejas estudiando por la noche a la luz y el calor de un quinqué, en un pueblo de mala muerte de Guadalajara. Yo llegué a tener un título universitario. ¿el futuro de la educación son niños en calcetines tirados por el suelo? ¿El futuro de la educación de las clases desfavorecidas (es decir, la escuela pública) está en educar niños caprichosos y consentidos? Really?

Las clases altas se pueden permitir todo tipo de experimentos educativos. Siempre podrán rectificar después cualquier disparate educativo con clases particulares, con actividades extraescolares, con materiales didácticos de pago (como por ejemplo Smartick, las actividades matemáticas online a 30 euros mensuales, “las matemáticas que tu hijo necesita”... y que la escuela no le da).

Es indignante la frivolidad con que se desprecian las dinámicas escolares del esfuerzo, tan necesarias en contextos humildes, como por ejemplo los deberes escolares. ¡Eliminemos los deberes! ¿Eliminemos los deberes? Para las clases favorecidas, que llenan y programan todas las horas de ocio de sus hijos con tantísimas actividades culturales, es normal que consideren los deberes como una molestia, una intromisión de la escuela en el tiempo familiar, pero ¿qué pasa con las familias desfavorecidas, los niños para los que su ocio es un inmenso vacío? Más televisión, más consola de videojuegos, más móvil, más empobrecimiento personal.

Pero más indignante si cabe es constatar la frivolidad con que se manifiestan las máximas autoridades educativas, cómo les siguen el juego de la banalidad a las clases altas, cómo reproducen su lenguaje de la frivolidad.

[...]Ya no hay que transmitir conceptos y conocimientos, los alumnos deben aprender a construir conocimiento para resolver problemas de situaciones concretas.[...]

Esto no lo dice Pepita de los Palotes en su blog de cocina. No. Lo dice la mismísima Consellera d’Educació Meritxell Ruiz en una entrevista en La Vanguardia hace pocos días.

 Y de nada sirve que a continuación eminentes intelectuales muestren públicamente su consternación por semejantes declaraciones. Que denuncien, por enésima vez, la falacia tautológica del “aprender a aprender”. En el diario Ara, el filósofo Xavier Antich expresaba su consternación ante semejante declaración: “Coneixement sense transmissió?” (11/5/2016). Tenéis el original en catalán aquí

Me he permitido traducirlo al castellano:

¿Conocimiento sin transmisión? 
Xavier Antich , Diario Ara, 11/5/2016.
Hace demasiado tiempo que el mundo de la educación y la enseñanza parecen un campo de minas. Sometido reiteradamente a la arbitrariedad de enfrentamientos partidistas y laboratorio alquimista de experimentos institucionales gratuitos. Todo el mundo sabe y reconoce que de la enseñanza depende el futuro de una sociedad y, sin embargo, una cierta imprudencia, si no temeridad, lo convierte a veces en tema de ocurrencias frívolas y de improvisaciones indocumentadas. Algo extraño, por otro lado, teniendo en cuenta el papel abanderado de Cataluña, desde principios del siglo XX, en la renovación pedagógica moderna. Es lógico y comprensible, y también deseable, que todos opinen sobre la enseñanza del país, pero estaría bien que los máximos responsables políticos extremaran la contención en un contexto, como el nuestro, en el cual parece que todo el mundo tiene la fórmula mágica para resolver cualquier problema, sea económico o deportivo, artístico o pedagógico.
Confieso, por esto mismo, que me han desconcertado profundamente las recientes declaraciones de la consejera de enseñanza, Meritxell Ruiz. Preguntada por si los profesores están preparados para asumir nuevos retos tecnológicos, pedagógicos y sociales, la consejera describió lo que considera “nuevos retos”: “Ya no se tienen que transmitir conceptos y conocimientos, los alumnos tienen que aprender a construir conocimiento para resolver problemas de situaciones concretas”. Llevo dos días dándole vueltas y, aunque no lo acabo de entender, lo que me parece adivinar es muy inquietante.

En primer lugar, ¿qué quiere decir que “los alumnos tienen que aprender a construir conocimiento” si, por lo que se dice, “ya no se tienen que transmitir conceptos y conocimientos”? ¿Cómo se construye conocimiento si antes no se ha transmitido? ¿A partir de qué se tendría que construir? ¿Desde la pura espontaneidad, hecha de prejudicios y estereotipos, o desde el conocimiento que cada alumno ya lleva dentro de sí mismo, a partir sólo de la experiencia vivida?

(Encuentro muy inquietantes las declaraciones de la consejera de Enseñanza sobre los “nuevos retos” pedagógicos)

¿Pero entonces el conocimiento, que siempre es una ventana abierta al mundo, al tiempo histórico y a la diversidad de universos que no son los nuestros, no queda reducido a un mero desarrollo de lo que la pura interioridad ya contiene? Porque todo conocimiento, desde lo perceptivo hasta el intelectual, es la forma más genuinamente humana que tenemos para salir de nosotros mismos, para descubrir la exterioridad, para acceder a la experiencia del otro. Es decir: La única manera que tenemos de enriquecernos con aquello que no proviene de nosotros mismos. Construir conocimiento a partir de la ausencia de transmisión de conocimiento es condenarnos a la inexorable limitación de la experiencia propia, tan pequeña ella.

En segundo lugar, ¿El objetivo de la construcción del conocimiento tiene que ser “para resolver problemas de situaciones concretas”? ¿Esto no implica una reducción abusiva del conocimiento a su dimensión instrumental y pragmática? ¿El valor del conocimiento se reduce a su uso y en la resolución de problemas concretos? ¿Dónde queda, entonces, el conocimiento abstracto, que es precisamente el que define de manera más propia el instrumental, una renuncia a la capacidad de abstracción que nos define como seres humanos? ¿Cómo podrían entonces los estudiantes entender que algunas “situaciones concretas” pueden ser similares, aunque pertenezcan a tiempos o espacios diferentes?

Y finalmente, en tercer lugar, ¿qué se quiere decir cuando se dice que “ya no se tienen que transmitir conceptos y conocimientos”? ¿Qué se tendría que transmitir, entonces? ¿O es que la transmisión tiene que quedar (torcida?) de la enseñanza? ¿Y por qué? Si la enseñanza no tiene que ser también, y de forma prioritaria, transmisión, ¿qué podrá ser? ¿No es toda sociedad humana una colectividad articulada precisamente por una memoria común de aquello que vale la pena transmitir? Y todavía más: si no se transmiten conceptos, algunos conceptos, como llegarán los estudiantes a tenerlos? Los conceptos,  y no hay que leer la Crítica de la razón pura de Kant para saberlo, son la forma que tiene el entendimiento humano para unificar la diversidad de nuestra sensibilidad perceptiva: sin conceptos no podemos pensar, ni siquiera lo que vemos o escuchamos. Sin embargo, ¿renunciar a transmitir conceptos no equivale a condenar a los alumnos a los conceptos que ya tienen o a confiar que puedan producirlos espontáneamente por ellos mismos? “Mala pieza de telar”



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