domingo, 23 de octubre de 2016

Didáctica de la ruptura: Estatuas urbanas.


Al principio de su autobiografía, el propio Frederic Marès (1893-1991) describe maravillosamente el momento justo en el que empezó su afán coleccionista. Explica cómo, de muy niño, era  obsequiado de vez en cuando por su padre con una tableta de chocolate, y cómo el placer de comérsela implicaba el dolor de tener que abrirla, romper su envoltorio de papel, bellamente decorado con ilustraciones. Pues bien, un día aquél niño decidió no abrir la chocolatina. Prefirió no comerse el contenido por no romper el continente, y la guardó en una caja. Y guardó la siguiente, y la siguiente, hasta que atesoró una bonita colección de chocolatinas. Un tesoro secreto, pues prefirió no decírselo a sus padres por miedo a su incomprensión. Fue su primera colección.

Los coleccionistas, con su neurosis obsesiva de tipo acumulativo, eran muy comunes y estimados en Catalunya. Catalunya es uno de los lugares del mundo con más afición al coleccionismo, donde se llega a dar el fascinante fenómeno, único en el mundo, del coleccionista de colecciones. ¿Porque qué es el placer de completar una o dos colecciones al lado del placer de completar la colección de todas las colecciones posibles? Imagínate, te pasas toda la vida coleccionando por ejemplo sellos o tapones de botella de champán, y luego resulta, ya demasiado tarde, que lo realmente excitante hubiera sido coleccionar qué sé yo, plumas estilográficas o esquelas fúnebres.¡Ah, no! Frederic Marés no podía aceptar semejante riesgo. Frederic Marés fue un coleccionista de colecciones. El súmmun del coleccionismo.

El museo Frederic Marès de Barcelona, donde se alberga la mayoría de las colecciones que atesoró Marés a lo largo de su vida, es un lugar maravilloso, mágico. Se encuentra en el centro de la ciudad, al lado de la Catedral, y sin embargo es prácticamente desconocido, incluso para los propios barceloneses.

Por un portal discreto, antiguo, se accede a un patio interior con una fuente que da paso a un edificio antiguo,  un laberinto caótico de salas, pasillos y escaleras donde se van acumulando sin orden ni sentido las más variadas colecciones imaginables en innumerables vitrinas y expositores: Relojes de pared, candelabros, crucifijos, juguetes antiguos, expositores de plumas estilográficas, cajas de cerillas, armaduras, abanicos, ropa de época, incontables esculturas, santos de iglesia, cristos inmensos, bustos romanos, útiles religiosos hebreos, armaduras, canicas, barajas de cartas, de tarot...

Este museo me lo conocía muy bien porque un amigo mío y yo íbamos mucho a dibujar. Los miércoles por la tarde era gratis, y si ibas un día y guardabas la entrada, podías repetir otro. Así que íbamos los miércoles, gratis, y con la entrada del miércoles volvíamos los domingos, también gratis. Así durante años. Hasta que lo cerraron para reformarlo. No sé cómo habrá quedado, y la verdad, prefiero no saberlo, me temo lo peor, como suele pasar siempre en Barcelona.

También cuenta en su autobiografía cómo, al estallar la Guerra Civil, consiguió un camión y arriesgó su vida cruzando Barcelona de iglesia en iglesia salvando todas las figuras religiosas que pudo, antes que llegaran los milicianos republicanos para destruirlo todo. Describe su desolación al ver arder durante días el interior de la Catedral de Santa María del Mar, reducido a escombros por las fuerzas republicanas.

Y como el coleccionismo de colecciones es algo que necesita mucho dinero, Frederic Marès se hizo escultor. Muchas de las esculturas urbanas en bronce que encontramos por las calles y plazas de Barcelona son obra de Francesc Marès. Él mismo confesó sin reparo alguno que lo de escultor no era para él nada más que una forma de ganar dinero para conseguir piezas para sus colecciones. Ganar dinero, acumular, conservar, la encarnación del espíritu catalán tradicional.

La obra “Victoria”, que se ha podido contemplar en la efímera exposición “Franco, Victòria, República” es de Frederic Marès.


La escultura que la acompañaba, “Franco ecuestre”, la realizó el escultor Josep Viladomat, por encargo del alcalde Porcioles.


Lo sucedido en esta exposición es un inmejorable ejemplo de la didáctica de la ruptura que sin duda acabará apareciendo en todos los tratados de la “nueva pedagogía”. La modernidad de la creatividad social, de la experimentación colectiva frente al caduco conocimiento, la mera contemplación pasiva del objeto. Los docentes tenemos tanto que aprender de esta exposición.

Partimos de la escultura incólume, íntegra, absurdamente almacenada durante años en un almacén del Ayuntamiento de Barcelona.

Un buen día del 2013 apareció decapitada. Alguien había entrado, y con nocturnidad,  alevosía y un buen serrucho le cortó la cabeza. Nadie vio nada. Pero alguien pilló la idea: La dejadez, la incompetencia institucional de la Administración en proteger los bienes comunes (es decir, en “administrar”), podría ser un impulsor creativo social magnífico.

Tres años después, el ayuntamiento decide exhibirla, decapitada, junto a la “Victoria” de Frederic Marès. Y empezó una segunda vida para la estatua, corta pero maravillosa, como la de una estrella del Rock.
Naturalmente era fundamental fomentar en todo lo posible la participación creativa ciudadana, y por lo tanto dichas obras carecieron de cualquier servicio de vigilancia nocturna. La Administración moderna, de conservador a promotor artístico de materiales almacenados.

Las primeras expresiones fueron los huevos, todo un clásico.


¿Eso era todo? La cosa no iba bien. Alguien decoró la grupa con la consabida senyera estelada:


Luego la estatua amaneció vulgarmente grafiteada:


¡Vamos, por Dios, un poco más de participación!, ¿Acaso el ayuntamiento no lo dejó claro al llamar a la exposición “Impunitat i espai urbà"? ¿Qué parte de la palabra “impunidad” no había entendido la ciudadanía?

Para la segunda jornada, el artista local Toni Molins, con su obra “muñeca hinchable de todo a cien sobre Franco decapitado a caballo grafiteado” fue caldeando el ambiente creativo. La cosa iba mejorando por momentos


Y otro puso una cabeza de Franco, con los labios pintados en rojo pasión...


y apareció una estelada con la bandera multicolor de la tolerancia... la ciudadanía iba entendiendo la dinámica rupturista, y finalmente pudimos contemplar la magnífica obra colectiva, Franco caído a los pies de “La Victoria” de Marès:


Y mi favorita, la posterior impagable, insuperable, Ascensión del cuerpo de Franco decapitado por cuadrilla municipal:


El propio Ayuntamiento, congratulado por el éxito de la exposición (que por cierto, ha costado más de 200.000 euros), ha anunciado una próxima exposición con toda esta maravilla.

Porque lo entero hay que conservarlo, pero lo roto, ¡Ah lo roto, se puede poner de tantas y fantásticas formas! (Además de servir de sortilegio, pues parece que la mera contemplación pasiva de imágenes fascistas contagia el fascismo o es signo inequívoco de fascistas).

Me pregunto qué pasará con la escultura, a dónde la llevarán, cuántas cosas más se le podrán hacer. En cualquier otra época hubiera sido fundida (es decir, respetada como estatua), y su bronce utilizado para nuevas esculturas más adecuadas al gusto actual. Pero eso no pasa en el rupturismo, el rupturismo conserva la ruptura, no sé si me explico. Un Frederico Marés hubiera dicho ¿Si no os gusta la estatua, por qué no la fundís y hacéis una nueva, a vuestro gusto, como se ha hecho siempre? ¿Acaso habéis olvidado la técnica de la fundición? ¿Acaso ya no sabéis esculpir?

Yo también quiero participar de este rupturismo. Le propongo al Ayuntamiento repetir la experiencia, ahora con la estatua del puerto de Barcelona dedicada al “insigne” traficante de esclavos, el negrero  Antonio Lopez, Marqués de Comillas y Grande de España


https://didcticadelpatrimonicultural.blogspot.com.es/2013/03/barcelona-la-ciudad-que-tiene-un.html

O como nos informa La Vanguardia de ayer sábado, "todo ocurre en una ciudad que tiene desde hace casi 70 años y sin muestras públicas de rechazo la estatua de otro jinete que también ordenó -o toleró- el bombardeo y la represión de Barcelona. El parque de la Ciudadella luce desde 1948, a tiro de piedra del Parlament, la figura a caballo del general Prim. La creó Marès (el mismo de la escultura de la Victòria y escultor oficial del régimen, que sustituyó otra obra de Lluis Puiggener, destruida en 1936".

No hace falta que me la decapiten, ya traeré yo el serrucho. Es una puta mentira, no podría romper ni la estatua de mi peor enemigo. ¡Qué poco moderno me siento!

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