domingo, 2 de abril de 2017

La Sociedad Gaseosa, el nuevo libro de Alberto Royo

En la experiencia sagrada del aprendizaje tenemos el Milagro (con mayúscula) y el “milagrito” (entrecomillado, en minúsculas y en diminutivo). Actualmente estas dos experiencias se mezclan constantemente, esto también pasa en el último libro de Alberto Royo, "La Sociedad Gaseosa": 



Antes de hablar de este estupendo libro conviene diferenciar estos dos conceptos. Vayamos por partes. (Insisto: Lo que sigue es mío, no del libro)

El Milagro.
La persona que se sienta ante una mesa con un libro, unas hojas en blanco y un bolígrafo. Lee, estudia, piensa. Aprende. Con paciencia, con humildad, con esfuerzo, decodifica símbolos (matemáticos, alfabéticos, musicales...). Traduce, repasa, se salta fragmentos (no existe religión sin pecadillos). Da igual si hablados de placas de celulosa cosidas con hilo (los tradicionales "libros") o documentos en pdf. Están los que no pueden dejar de subrayar y aquellos que lo consideran una herejía. Da igual. Al final del proceso aquello que estaba en el libro pasará al interior de la persona. ¡Milagro!. El único milagro ateo, el único proceso místico reconocido por el materialismo dialéctico. Y este milagro se repite, una y otra vez, a lo largo de toda la historia del ser humano. Somos simios que metemos palitos en agujeros para sacar ricos gusanos y además enseñamos a otros simios cómo hacerlo (lo (d)escribimos grabando símbolos en cosas, en placas de arcilla o en la "nube" virtual)

La comprensión de este milagro siempre estará fuera del alcance del ser humano. Nosotros somos el milagro. Sería como si el simio pretendiera meterse el palito por la oreja para extraer “el gusano interior”.

De entre todas las metáforas que intentan representar este Milagro me quedo con la de Arthur C. Clarke en “2001 Odisea del Espacio”. El Monolito. De dimensiones 1:4:9 (los primeros cuadrados, y en esto sólo en las primeras dimensiones visibles), negro y perfecto hasta el octavo decimal exacto. Lo que nos hizo humanos, nos enseñó a usar huesos como herramientas y a resolver ecuaciones diferenciales que mueven naves espaciales por el espacio sideral y la música de Strauss que las acompaña.



El “milagrito”.
Realicemos el siguiente experimento: Tomemos un gran barril, de digamos 5000 litros, prácticamente lleno de vino tinto. Cualquier vino vale. Y tomemos un pequeño vaso, lleno de agua. Realicemos el “milagrito” de convertir el agua en vino:
Echamos el agua en el interior del gran barril de vino, mezclamos y, abriendo su grifo, llenamos el vaso. El resultado será (¡Oh milagro!) un vaso de vino. Y un tonel lleno de vino.
Hemos convertido el agua en vino. Y este “milagrito” se puede realizar tantas veces como queramos. El resultado será siempre el mismo: Mezclar una pequeña porción de agua con una enorme cantidad de vino produce como resultado un líquido a todos los efectos indistinguible del vino más puro.¿O no?

Nuestro “milagrito” cotidiano: Cada día millones y millones de niños y jóvenes, de veinte en veinte o de treinta en treinta (nuestros vasitos de agua), se encierran en un aula junto con un adulto (el tonel de vino), para producir el milagrito del aprendizaje. (Y no se produzca el efecto contrario, ¡ay! que un adulto salga “aguado”).

Pero esto no tiene nada de milagroso. Cualquier persona mínimamente instruida sabe que añadir un vaso de agua en un tonel de vino estás aguando irremediablemente el vino del tonel. De forma mínima, imperceptible, pero lo estás aguando. Que si realizas este experimento una y otra vez, al final en el tonel no tendrás ni vino ni agua, sino un líquiducho aguado sin el más mínimo valor.

La estructura educativa en escuelas, cursos académicos progresivos, grupos, horarios y profesores y alumnos “empaquetados” en aulas a lo largo de cientos de horas lectivas, es un legado de la Revolución Francesa. Es la forma científica más bestia (en todos los sentidos de bestia) de producir  en la masa social el Milagro del aprendizaje (el de verdad).

El tonel de vino se tiene que rellenar, el vino se tiene que renovar constantemente. Lo primero que tiene que tener claro el docente es que él no ha nacido para enseñar. Él ha nacido para aprender. El docente es docente por lo que enseña ¡y por lo que aprende! Lo confiesa Alberto en la página 171: “Yo no quiero engañar a nadie. Mi vocación no es la de profesor, sino la de músico. No hay actividad con la que disfrute más que con la interpretación de una obra musical en un escenario. Seguro que esta confesión para muchos fanáticos de la vocación sería motivo de inmediata excomunión pedagógica. No solo la acepto gustoso, sino que me adelanto y apostato, pues, como la mayoría de personas que conozco, docentes o no, que han accedido a la función pública, decidí opositar a la enseñanza para conseguir una estabilidad económica y laboral, pese a lo cual siempre he intentado desarrollar mi labor de la mejor manera y con el mayor entusiasmo posible”.

Honestidad, sinceridad, profesionalidad. ¡Y valentía para decirlo, para defender la dignidad de su profesión! Esto define a un docente, un buen docente.

Lo terrible de la situación actual es que el profesorado, además de reciclarse, es decir de adquirir nuevos y renovados conocimientos, tiene que luchar a muerte para defenderse de la horda de pedagogos y gurús de la educación que se han convertido en su peor depredador.  Ellos, que supuestamente están a su servicio. Ellos, los “expertos”, los “salvapatrias” educativos que no son más que exiliados del aula que se venden a cualquier precio (y las Administraciones públicas que con nuestro dinero los promocionan y financian. Eso sí es terrorismo de Estado). El resultado de esta depredación docente lo vemos cada dia en nuestras aulas: Mediocridad y la invasión de las pseudociencias en las escuelas, es decir, vino aguado. Por eso son tan necesarios actualmente libros como este. Porque no hay nada peor para un profesor que sentirse "aguado".

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